¡PARE! YO ME BAJO AQUÍ.

Tal parece que está escrito en mi destino, que yo y los autobuses no tenemos una buena relación.
Por "h" o por "b", a mi siempre me toca el bus de los city tours. En Santander me corresponde el nueve, a quien yo llamo el bus fantasma porque nunca se sabe cuando pasa. Una lo espera y lo espera...y cuando el desgraciado aparece, ya has enraizado en la tierra. Y si tienes suerte, no mermas un centímetro fruto de la congelación. Para que vamos a engañarnos, estamos en el Norte y hace frío en invierno.
En Miami, el bus que lleva mis huesos hasta el College, es el 27. Por fortuna para mi, la parada sólo está a cinco minutos de la casa. Así que en cuanto son las 4:30pm, servidora, con una puntualidad inusual, sale de su cutreduplex y espera, pacientemente, bajo un sol de justicia y la agradable temperatura de 40º, a que la carroza municipal pase a recogerla.
Una vez instalada, comienzo mi períplo de una hora hasta mi destino. A estas alturas de viajes, ya me han llevado desde Fernando Alonso hasta Fitipaldi, pasando por Carlos Sainz. Como sabeis, todos ellos virtuosos del volante. Pero hay un detalle que los originales no hacen, y es poner a un colectivo de viajeros a bailar "Paquito el chocolatero". Es genial. Tú te subes y comienza el pasodoble:
Paquito...el Chocolateroooo
Paquito...tarararararaa
Paparaparachammm
Freno. Todo el mundo hacia delante. JE, JE, JE, JE...
Acelero: Todo el mundo hacia atrás. JE, JE, JE, JE....
Y vuelta a empezar. Asi durante una hora. Bien sabe Dios, que a mi me parece muy gracioso bailar la canción de Paquito en todas las bodas y demás pachangas a las que voy. Pero por caridad, no resisto un envite más. Mi cuello padece, mi espalda se lamenta y mis huesos suenan como castañuelas de dolor. Hasta tal punto he llegado, que tengo complejo de Muro de las Lamentaciones.
Pero una cosa es cierta, estos días de viajes me han ayudado a comprender la alegría de Colón al descubrir América. Me explico. Cerca del College, hay una gasolinera de la Shell que es para mi, lo que Rodrigo de Triana fue para Colón: el grito de ¡TIERRA A LA VISTA! y el fin de sus quebrantos.
Otra de esas rarezas del recorrido, es el paisaje.Pasamos por la zona más fea de todo Miami. Esa que no ponen en los folletos turísticos por obvias razones. Y para colmo, todos, pero todos los días, nos toca tren. Se bajan las vallas y a mirar. El martes nos tocó ver cajas de camiones, el miércoles, materiales de construcción, el jueves no nos dejaron verlo (aguafiestas) y el viernes, nuevamente, material de construcción.
Lo bueno de todo, es que no voy a tener que volver a subirme al 27 por un largo tiempo. Se han acabado las clases y con ellas, los paseos en bus. A todos aquellos que me evitaron los sinsabores del transporte urbano en Miami y en Santander, GRACIAS.
Pero si una se pone a comparar el 9 de Santander con el 27 de Miami...Uffff. Prefiero el 9. Más que nada porque tarda un cuarto de hora menos y tiene mejores vistas.